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El Che y los perros

¿Sabía usted la extraña relación entre el comandante guerrillero Ernesto “Che” Guevara con los perros?

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Arte por Luis Galdámez

“En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea”, Che

Abril de 1967, Mensaje a la Tricontinental.

 

Texto Alberto Barrera. Ilustraciones Luis Galdámez / San Salvador

El 4 de enero de 1952 Ernesto Guevara, que había reiniciado estudios de medicina, acosado por el amor y desesperanzado por casarse con “Chichina”, decidió volver a viajar y para despedirse de la chica de su amor, llegó al balneario Miramar para entregarle a “Come-back” un perrito juguetón.

Ésa fue una de sus primeras experiencias con perros a lo largo de la intensa vida, llena de viajes y aventuras del guerrillero argentino y al que mundialmente se le sigue venerando como “Che”.

Recientemente, el 9 de octubre, se cumplieron 48 años de su muerte en un recóndito y agreste lugar en Bolivia, país empobrecido y al que había escogido como objetivo para impulsar la revolución armada, al mando de un pequeño grupo de rebeldes, fascinados por su idealismo para cambiar el mundo en favor de los pobres y marginados.

Su viaje en 1952, el segundo de los varios que realizó, lo haría en motocicleta, “La Poderosa II”, junto a su amigo Alberto Granado, quien lo había planificado, y sería por el continente de sur a norte. Pero antes viajaron hacia Miramar en la costa atlántica para ver a María del Carmen Ferreyra o Chichina, entonces de 17 años, de la cual Che quería despedirse y entregarle el singular regalo, que según las amigas de la adolescente no era el “ovejero” que aseguraba, sino un “mesticito feo” (´aguacatero´ para nuestro país), pero igual lo aceptó.

Después de la tardanza de cuatro semanas para salir de territorio argentino y en la cercanía de Los Andes chilenos, sus escasos fondos les habían empujado a sobrevivir como fuera, pernoctando en lugares poco comunes y al lado de gente de todo tipo.

La muerte de Bobby

Jon Lee Anderson, quien ha escrito una de sus más interesantes biografías, dijo que “una noche, cuando dormían en el granero de una familia austríaca, Ernesto despertó al escuchar arañazos y gruñidos en la puerta; un par de ojos brillaban en la oscuridad. Prevenido sobre la ferocidad de los ´tigres chilenos´, cogió el Smith & Wesson que Guevara Linch (su padre) le había dado para el viaje y disparó una sola vez. Cesaron los ruidos…”

Por la mañana ambos descubrieron que el animal muerto no era un puma, sino “un perro alsaciano llamado Bobby, la adorada mascota de la familia. Escaparon cuesta abajo con La Poderosa -que se negaba a arrancar- seguidos por el llanto, las imprecaciones y los insultos de sus anfitriones”, escribió Anderson en ese incidente con otro perro.

Resignado por la separación definitiva de Chichina, cuya despedida leyó en una carta recibida en Bariloche, el Che sufrió y lo estampó en Notas de Viaje, sin entender el por qué, aunque luego concluyó que “salía con otro”. Disfrutó el viaje al cruzar los Andes invocando versos de un poema: “Y ya siento flotar mi gran raíz libre y desnuda…”

Y así fue acentuando su deseo de viajar, de la aventura, de conocer América Latina y  aprendiendo en cada país, algunos de paso y otros para quedarse, como lo hizo en Guatemala y México, en donde se incorporó a la revolución en Cuba encabezada por Fidel Castro.

En El Salvador estuvo de paso. En 1954, durante los sucesos que llevaron al derrocamiento del coronel Jacobo Arbenz, tuvo que salir de Guatemala por trámites migratorios y estuvo en Santa Ana, luego viajó a San Salvador en busca de un visado para visitar las ruinas de Copán, pero Honduras se lo negó. Mientras esperaba la respuesta pasó un fin de semana acampando en la playa de la cercana costa del Pacífico, se supone una en La Libertad.

En la playa conoció a varios jóvenes y realizó “propagandita guatemaltequeando y recité algunos versitos de profundo color colorado” por lo que fueron llevados a un puesto policial y liberados pronto con las debidas advertencias, escribió en una carta a su madre por esos días de aventura en la costa salvadoreña.

De regreso a la capital se enteró de la negativa hondureña para visitar Copán por lo que  decidió visitar las Ruinas del Tazumal, en la ciudad de Chalchuapa, en donde siguió hablando del vecino Guatemala, de reformas agrarias y de poesía.

“Yo como siempre metí la pata y dije que allí había más democracia que en El Salvador y resultó que el dueño de la casa era el comandante del pueblo”, dijo citado por Paco Ignacio Taibo II en su libro biográfico “Ernesto Guevara, también conocido como El Che”.

Luego del derrocamiento de Arbenz por militares que encabezaba el coronel Carlos Castillo Armas, con la ayuda de la CIA,  –que cuestionaba medidas sociales que afectaban empresas como la United Fruit Company- Guevara intentó organizar la resistencia por lo que le abrieron un expediente en la agencia de inteligencia estadounidense, que después llegó a ser uno de los más abultados. Salió rumbo a México luego de pasar algún tiempo dentro de la embajada argentina. Castillo Armas fue asesinado en 1957 dentro de Casa Presidencial.

El perro Miguelito

En México el Che tuvo que realizar trabajos para sobrevivir, incluyendo la de fotógrafo de una agencia de noticias y diversas actividades antes de involucrarse en la revolución cubana y junto a Fidel Castro fue el más emblemático jefe rebelde de los que derrocaron a Fulgencio Batista.

En 1956 anunció a sus padres su incorporación a las fuerzas insurreccionales que dirigía Fidel y que para fin de año esperaban llegar a Cuba a bordo del barco “Granma”, lo cual ocurrió en diciembre. “Hace un tiempo, bastante tiempo ya, un joven líder cubano me invitó a ingresar a su movimiento, movimiento que era de liberación armada de su tierra, y yo, por supuesto, acepté”, escribió.

Durante el tiempo que marchó al frente de tropas por valles y montañas en Cuba, el Che tuvo experiencias con perros. Una de ellas es la que recuerdan campesinos en el Escambray en octubre de 1958 cuando sobre el caballo “Pajarito” llevaba adelante al perro “Miguelito”. El perro, orejón y desnutrido, aparece en una foto con el Che en una hamaca.

Taibo dice en la biografía que en la hamaca frente a una casa campesina el Che regaña al perro: “Miguelito, cabrón, nomás comés y cagás, no me acompañás a ningún lado, pendejo”.

A inicios de ese año el Che había visto nacer la Radio Rebelde que les acompañaría hasta el triunfo de la revolución. “Aquí Radio Rebelde, la voz de la Sierra Maestra, transmitiendo para toda Cuba en la banda de los 20 metros”. La emisora alcanzaría un éxito continental por sus mejoras en las transmisiones, porque era fuente noticiosa y anunciaba el avance guerrillero y porque muchas emisoras en Latinoamérica se encargaron de repetir sus emisiones.

Los rebeldes barbudos triunfaron y fueron los primeros en encabezar una revolución armada en Latinoamérica. Y el Che, que era uno de los más importantes jefes, tenía el sueño de unificar la región y liberar a los países subdesarrollados para acabar con la pobreza y las injusticias.

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Arte por Luis Galdámez.

“El cachorro asesinado”

Durante una larga gira que inició en junio de 1959 y terminó en septiembre por países de África, Asia y Europa el Che no solo promocionó la revolución cubana como modelo liberador, en sus ratos libres escribía y entre esos escritos heredó la narración “El cachorro asesinado”.

Relata que en sus andares por la Sierra Maestra y pese a las condiciones “era un día de gloria” pues “por Agua Revés, uno de los valles más empinados e intrincados en la cuenca del Turquino, seguíamos pacientemente la tropa de Sánchez Mosquera; el empecinado asesino dejaba un rastro de ranchos quemados, de tristeza hosca por toda la región pero su camino lo llevaba necesariamente a subir por uno de los dos o tres puntos de la Sierra donde debía estar Camilo (Cienfuegos)”.

Camilo con solo 12 hombres debía detener el avance de las tropas oficiales y el Che atacarlo por la espalda y cercarlo, cuenta el Che. “Nuestro afán fundamental era el cerco, por eso seguíamos con mucha paciencia y distancia las tribulaciones de los bohíos que ardían entre las llamas de la retaguardia enemiga; estábamos lejos, pero se oían los gritos de los guardias. No sabíamos cuántos de ellos habría en total. Nuestra columna iba caminando dificultosamente por las laderas, mientras en lo hondo del estrecho valle avanzaba el enemigo”.

Además de las dificultades del avance por lo intrincado del terreno, todo parecía bien, solo que una nueva mascota les seguía desde el campamento donde quedaron los cocineros y pese a tratar de espantarle para que regresara, el perrito no lo hizo. “La pequeña columna marchaba con el silencio de estos casos, sin que apenas una rama rota quebrara el murmullo habitual del monte; éste se turbó de pronto por los ladridos desconsolados y nerviosos del perrito”.

Mientras descansaban en lo hondo de un arroyo el perrito volvió a aullar. “´Félix, ese perro no da un aullido más, tú te encargarás de hacerlo. Ahórcalo. No puede volver a ladrar´. Félix me miró con unos ojos que no decían nada”.

Y luego: “Con toda lentitud sacó una soga, la ciñó al cuello del animalito y empezó a apretarlo. Los cariñosos movimientos de su cola se volvieron convulsos de pronto, para ir poco a poco extinguiéndose al compás de un quejido muy fijo que podía burlar el círculo atenazante de la garganta. No sé cuánto tiempo fue, pero a todos nos pareció muy largo el lapso pasado hasta el fin. El cachorro, tras un último movimiento nervioso, dejó de debatirse. Quedó allí, esmirriado, doblada su cabecita sobre las ramas del monte”.

La marcha siguió y pese a que hubo algunos choques armados con la unidad de Camilo, la tropa del Che no tuvo acción y retornaron desanimados. Por la noche cenaron un cerdo y yuca, mientras alguien entonaba canciones que a los guerrilleros les parecían tristes. Félix dejó un hueso y un perro llegó y lo cogió, mientras él lo acariciaba.

“El perro lo miró, Félix lo miró a su vez y nos cruzamos algo así como una mirada culpable. Quedamos repentinamente en silencio. Entre nosotros hubo una conmoción imperceptible. Junto a todos, con su mirada mansa, picaresca con algo de reproche, aunque observándonos a través de otro perro, estaba el cachorro asesinado”, finaliza el relato de otro pasaje en la vida del Che y los perros.

“Muralla” el perro oficial y muerte en Bolivia

Años después el Che era el ministro de Industria y en julio de 1963 recibe a una delegación vietnamita con la que sostiene una larga reunión y entre los asistentes se encuentra el perro Muralla. Era “un perro sin rabo que se subía al elevador y sabía bajarse en el noveno piso, llegaba hasta la oficina y rasgaba la puerta con las uñas para que el Che le abriera”, escribió Taibo al aludir al animal que era una especie de “perro oficial”.

Pero Anderson escribió que Muralla era un pastor alemán en casa de sus hijos y que le acompañaba a la oficina. Pero lo cierto es que el perro existió y se movía libremente en la oficina del entonces ministro y líder de la revolución cubana.

Después de su desaparición de Cuba, en donde abandonó cargos y buenos tratos, el Che se fue y nadie sabía en donde andaba, hasta que reapareció en Bolivia en donde buscaba empujar cambios en la estructura de poder a través de una nueva revolución armada y en lo que se suponía contaba con el apoyo de algunos partidos comunistas sudamericanos, pero al final, casi solo y acompañado de un pequeño grupo de combatientes, pasó sus últimos días soñando con cambios sociales.

En uno de los combates durante una emboscada el 25 de abril de 1967 en Bolivia, Taibo reporta un relato del Che: “al poco rato apareció la vanguardia que para nuestra sorpresa estaba integrada por tres pastores alemanes con su guía. Los animales estaban inquietos pero no me pareció que nos hubieran delatado; sin embargo siguieron avanzando y tiré sobre el primer perro errando el tiro, cuando iba a darle al guía se encasquillo la M-2”. Después el ejército informó que dos perros murieron, eran “Rayo” y “Tempestad”,

En el último combate del Che y sus guerrilleros, éste fue herido en su pierna izquierda mientras se encontraba en la quebrada El Churo y fue hecho prisionero, luego trasladado a La Higuera en donde fue posteriormente asesinado, aunque inicialmente se reportó oficialmente que había muerto en combate.

Casi cinco décadas después del suceso se le sigue venerando y su imagen muy comercializada, pero en muchos quedó su rostro emblemático, el rebelde idealista, el guerrillero heroico o el aventurero que soñó con un mundo mejor.

 “Es mejor morir de pie, que vivir arrodillado”: Che, carta de despedida a sus hijos.

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